DIEGO (6º curso)
“Tenemos que darnos cuenta de que Jesucristo nos conoce a fondo, de que se preocupa por nosotros, de que es el primer interesado en nuestro bien.“
Mi vocación lleva planeada toda la Eternidad , pero yo tomé conciencia de ella de repente. No pasó mucho tiempo desde que sentí inquietud por consagrar mi vida a Dios, hasta que llamé a la puerta del Seminario.
Estaba en el último curso de la universidad, haciendo el proyecto de fin de carrera en bioquímica. Durante los últimos cinco años había deseado trabajar en un buen laboratorio, en un proyecto interesante, con un buen profesor; y mi deseo se estaba cumpliendo. Pero, igual que de pequeño me cansaba de un juguete nuevo, descubrí que aquella vida no era tan emocionante: empecé a verla como una carrera frenética por conseguir prestigio, a base de horas y horas de trabajo en soledad. Por primera vez, perdió importancia para mí toda la labor, supuestamente tan importante, que se hacía en aquel sitio. No era lo que yo quería. Tenía 22 años.
Durante los años de facultad me había acercado más a la Iglesia , cansado de una vida bastante superficial. ¡Yo quería hacer cosas grandes, hermosas, verdaderas! A los 15 años creía que la felicidad consistía en no pensar demasiado sobre ella y disfrutar todo lo posible; a los 20 estaba harto, aburrido. Además, sólo me quería a mí mismo. No era muy feliz.
Dios tuvo compasión de mí, y poco a poco volví a tomarme en serio la fe (nunca llegué a renegar de ella): si creemos de verdad que Jesucristo está vivo y nos quiere, no tenemos otra opción que ponernos en sus manos, para que sea Él quien tome las decisiones importantes. Tenemos que darnos cuenta de que nos conoce a fondo, de que se preocupa por nosotros, de que es el primer interesado en nuestro bien.
A los 22 años me planteé mi vocación en serio, delante de Dios. Y sentía un deseo cada vez mayor de radicalidad, de ser todo para Él, pero tenía miedo. Me sorprendía a mí mismo buscando páginas sobre la vocación en Internet (¡como ésta en la que estás, majete!), al salir del laboratorio por la tarde. Leer vidas de santos me ayudó muchísimo a clarificarme. Debió pasar un mes desde las primeras “contracciones” hasta que fui al Seminario, a que me aclararan si aquel deseo era también de Dios o sólo mío.
Ahora estoy en segundo curso, junto a 16 hermanos de comunidad con los que comparto Eucaristía todos los días. Quien diga que Cristo no hace milagros, no tiene ni idea de lo que es esto. En mi familia también están ocurriendo cosas grandes. Sólo le puedo dar gracias a Dios. Te invito, si intuyes que Dios te está llamando al sacerdocio, a dar el paso de venir y discernir tranquilamente, sin miedo, si de verdad quiere eso de ti.
DIEGO

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