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Revista

JAVIER (4º curso)

¿Qué tienen que ver conmigo? Allí descubrí, en sus miradas, que la entrega de la vida entera a Dios es posible y además te hace feliz

 

 

La Mirada.

Solarana (Burgos), 11 de julio del 2002. Colaboro en un campo de trabajo para jóvenes como cocinero, y me quedo en la cocina preparando los bocadillos de la comida, pues es el día de la excursión. Cuando llego al lugar donde están todos los jóvenes descubro unos ojos alegres que me miran profundamente regalándome paz, calma, serenidad. Me doy cuenta de que me quieren transmitir algo que no tengo, de una forma sencilla, alcanzable y exigente; mil miedos me invaden de sólo pensar que depende de mí aceptarlo y que no hay otra forma, es un “si” insignificante pero conlleva una entrega total. Son las doce y media del mediodía.

A partir de ese momento, hasta un día de mayo del 2006, todo fue lucha interior infructuosa con Dios; Él siempre gana, y por supuesto ganó. Hoy, en este camino que me ha propuesto, sigue habiendo lucha, pero sé que Él está caminando a mi lado y lo hace totalmente llevadero.

Una vida normal y corriente.

Mi nombre es Javier, soy el pequeño de cinco hermanos, y pronto cumpliré cuarenta y tantos. Nací en el 66 en el seno de una familia católica y desde pequeño mis padres y mis abuelas me transmitieron la semilla de la fe que quedó sembrada en mí, y preocupándose porque tuviera la mejor formación, recibí los sacramentos de iniciación cristiana. En lo académico me defendía como podía y en lo espiritual no encontraba al Dios-Amor, sino todo lo contrario: al Dios-castigador; el cumplimiento (“cumplo y miento”) era todo mi trato con Dios. Hasta la entrada en el Seminario yo tenía un buen trabajo con un buen sueldo que me permitía ahorrar, tener mis caprichos, salir con los amigos, viajar, tener coche,… incluso me estaba comprando una casa. Se puede decir que tenía todo lo que la sociedad “exige” para vivir en la vida: una familia que te quiere, unos amigos con los que te puedes divertir y compartir tus alegrías y tristezas, un trabajo que te permite una independencia económica y una parroquia donde crecer en la fe compartiéndola y celebrándola. ¿Qué más se puede tener?

La soledad.

Durante ocho años tuve una relación de noviazgo con una chica a la que volqué todo mi amor de tal forma que por el camino fui perdiendo mis anteriores amistades, pero gané una que hoy aún perdura: la Iglesia. En el momento en que lo dejamos me di cuenta de que me había quedado solo. En aquel tiempo tenía un trabajo precario y no me quedaban amigos cerca (lo que vulgarmente se dice “quedarse a dos velas”). La familia y la Iglesia , fuentes de amor incondicional, fueron las que me sostuvieron en esos momentos. Puedo decir con total convicción que Dios puso a esta chica en mi vida para que conociera la parroquia, la Iglesia que me acompaña.

Dios acoge en su iglesia.

Que la familia te apoye en momentos de dificultad es lo normal; pero que otros, sin conocerte mucho, lo hagan, como mínimo te sorprende. La Iglesia lo hizo y, aparte de la familia, fue la única que me acompañó en ese tiempo doloroso. Corría el año 1996.

Un sacerdote recién ordenado, vicario parroquial, me pidió que llevase un grupo de catequesis y, temblándome la voz, por la enorme responsabilidad que ello conlleva y la poca preparación que yo creía tener, le dije “sí”: mi primer “sí” al Señor sin ser consciente de ello. Primero un grupo de postcomunión, más tarde grupos de confirmación, luego acompañando a grupos de jóvenes confirmados, y también miembro del consejo pastoral. Cada uno de estos momentos eran otros “síes” al Señor. Mi vida espiritual, muy abandonada, empezó a crecer. Me hice consciente de que Dios es Amor, y no un castigador de pecados. La Eucaristía cobró su significado como centro de mi vida; la liturgia de las horas –sobre todo Laudes– me ayudaban a ofrecer el día al Señor. Descubrí la oración personal como trato con Dios y, poco a poco, la fui cuidando como lugar de encuentro íntimo con el Señor. El Sacramento del perdón, de la reconciliación, empezó a ser el abrazo del Padre que quiere a su hijo, el momento en el que se me derrama la misericordia de Dios por puro don.

Por el lado laboral y social me iban bien las cosas, el trabajo precario se convirtió en un trabajo con un contrato estable y más tarde me cambié a otra empresa con una mejora salarial importante. Hice nuevas amistades, un buen grupo de amigos verdaderos, que hoy sigo manteniendo. Se puede decir que –ahora sí– tenía todo.

Dios irrumpe cuando quiere.

Así transcurría mi vida cuando en el campo de trabajo, aquel verano, decidimos visitar a unas monjas de clausura. ¿Qué tienen que ver conmigo? Allí descubrí, en sus miradas, que la entrega de la vida entera a Dios es posible y además te hace feliz. ¿Pero cómo es posible en mí? El Señor me estaba mirando y hablando a través de estas consagradas. Estaba Dios derramando todo su amor, toda su paz, en aquella estancia, ¡y era para mí! Pero no sólo para que lo recibiera, sino que quería “algo más” por mi parte. Lo tengo todo en la vida, pero me falta una cosa y esto está aquí, está delante de mí y además depende de mí. Me superaba por todos los lados, no sabía cómo acogerlo, cómo hacerlo mío, así que dije “no”: mi primer “no” al Señor… pero sabía dónde encontrarlo cuando lo necesitara. Era la primera vez que Dios me había pedido algo; me había pasado toda una vida pidiéndole cosas y Él me las había concedido, pero cuando me pidió sólo una yo se la negué.

El 28 de diciembre de ese mismo año, estando en un retiro espiritual, Dios me lo dejó bien claro: “Me estás buscando y quieres estar cerca de Mí. ¡Ven!, Yo estoy aquí”.

Estas dos experiencias me dejaron paralizado y lleno de miedo. Mira que el Evangelio está lleno de “no temas”, “no tengas miedo”… pero era incapaz de dar un paso hacia adelante. Dios había irrumpido en mi vida con fuerza y claridad, a la par que me dejaba toda la libertad para actuar.

Dios propone el camino.

Juan Pablo II visita España, viene a Madrid: Pedro viene a mi casa. Preparamos desde la parroquia los días de visita pastoral con intensidad; acogíamos a unos jóvenes de una parroquia de La Coruña. Cuidamos la peregrinación a Cuatro Vientos con todo el cariño del mundo, y realmente fue la mejor jornada que he vivido. Misa en la parroquia, canciones, chistes, bailes, compartiendo la comida y el agua y, por fin, ¡llega el Papa! Testimonios, canciones y –lo que más esperábamos– sus palabras: “Las ideas no se imponen, se proponen”… “¡Vale la pena dar la vida por Cristo!”.

¿Queréis saber lo que pasó? Coged el Nuevo Testamento y buscad Mc 10, 17-31. Eso fue lo que pasó. De ser el mejor día de mi vida a salir de allí con la mayor de las tristezas, ahogado, con un nudo en la garganta que no podía ni hablar tan sólo por responder “no” al Señor.

Dios insiste una y otra vez.

Desde la visita del Papa, en la oración y en las Eucaristías, le pedía al señor que me mostrase mi camino, pero que no fuera el sacerdocio. No hay cosa peor que te hagan una pregunta y te digan que no la contestes, y es que el Señor pone en mi camino a personas, sus instrumentos, que me iban recordando su propuesta. Y fue, conversando con un seminarista, cuando Dios me preguntó: “¿te has planteado alguna vez el sacerdocio?”. O que alguien alejado de la iglesia te diga, cuando no venía a cuento: “tú serías un buen cura”.

Y mi vida transcurría de tal forma que yo me esforzaba en ser un buen cristiano; buen hijo, buen amigo, buen catequista, buen profesional. Pero, poco a poco, todo se me hacía cuesta arriba, me costaba más y me cansaba más, hasta llegar al punto de pensar que todo el mundo estaba muy mal y contra mí. ¿No será que el que está mal soy yo?

Cuando planeas algo con toda minuciosidad y se va al traste por un capricho de alguien, te dan ganas de abandonarlo todo. Así ocurrió cuando me dijeron en la empresa que mis vacaciones de 2005 serían en julio y no en agosto: adiós a Colonia. No sólo la tristeza por la muerte de Juan Pablo II y no volverle a escuchar; además, no iba a poder conocer y escuchar a Benedicto XVI en compañía de millones de jóvenes de todo el mundo. “Señor yo quiero ir a Colonia: ¿por qué no me dejas?” Cuando Dios cierra una puerta en otro lugar abre una ventana y esa ventana era un campo de trabajo en Rumanía con chavales con problemas cerebrales acogidos por la Misioneras de la Caridad. Las fechas coincidían con mis vacaciones. Allí fui, y el Señor me estaba esperando allí, en cada uno de esos niños que vivían en la más absoluta pobreza. Y entregándome a esa labor con todas mis fuerzas y mi alma, recibí muchísimo más de lo que yo podía dar.

A la vuelta, en agosto, viví la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia desde Madrid como si hubiera estado allí; día a día, rezando por y con todos, y leyendo, vía internet, cada palabra que pronunciaba el Papa. Llegado septiembre, y sin querer plantearme nada, viví de las rentas espirituales del verano: ¡craso error! En noviembre, la caída al vacío fue grande. Necesitaba estar a solas con Dios, pero a la vez temía estarlo. Sin embargo, Él, Padre amoroso con sus hijos, no me dejó solo en ningún momento, y en este tampoco, así que puso en mi camino un fin de semana de oración en Valladolid. La Virgen María me tomó en sus brazos –Madre buena y cariñosa–, y bajo su protección, quitados todos mis temores, tomé –por primera vez en mi vida– la decisión de plantearme si el Señor me quería para Él.

Y yo que respondo.

“Tú que aspiras a seguir a Cristo, lo encuentras dándole tu confianza y no de otro modo. Todo comienza dándole tu confianza. ¿Pero cómo darle toda la confianza y seguirle, teniendo tanto miedo en equivocarte, o que no sea verdad, o –más tarde– haberme equivocado? Así no se camina. Para dar un “sí” a Cristo tienes necesidad de que alguien en la Iglesia te escuche hablándole de ti mismo. Alguien que tenga un probado espíritu de discernimiento, que no te deje en la mediocridad. Y la única certeza es que no conocerás a Dios más que aceptando el riesgo de confiarte y de vivir” (de una carta del hermano Roger de Taizé). Estas palabras calaron muy hondo porque respondían palabra por palabra a lo que estaba viviendo. Empecé a conversar con mi párroco, ese “alguien” de la iglesia que Dios me había puesto en el camino.

Invitado a dar testimonio a los confirmandos, Cristo me dio el último empujón hacia el discernimiento. Sin saber qué les podía yo contar sobre mi Confirmación, puse mi vida entera en oración, y lo que estoy relatando fue el resultado de dicha oración. Fue cuando, mirando atrás, me di cuenta del camino que tenía por delante. A través de mi párroco me puse en contacto con un formador del Seminario y en octubre del 2006 comencé el curso introductorio.

Hoy, en el Seminario, no me arrepiento nada del paso dado, y en este camino continúa un proceso mucho más profundo de discernimiento, conviviendo con muchos más que están pasando por lo mismo que yo: un encuentro con Dios que me acoge en la Iglesia, Dios que irrumpe en mi vida, Dios que me propone un camino y yo que respondo entregándole mi vida. ¡Gracias Señor!

Javier Larrocha. Seminarista.

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