ROBERTO (5º curso)
“El Camino de Santiago fue lo que cambió mi vida, el lugar donde Dios me hizo ver con más insistencia el sendero que me tenía preparado, y lo que me quería“
…Venid y lo veréis. ¿Qué más voy a decir? Me llamo Roberto, tengo 20 años y si hay una cosa que tengo clara es que Dios nos escoge desde el principio, pero nos pone en el mundo con la libertad de elegir. Un día escogí el “sí”, porque me demostró que merece la pena seguirle a lo largo de mi vida.
Mi vocación no surge de algo espectacular. Al contrario, se ha ido desarrollando a lo largo de mi vida (para mi mucho más bonito, como si yo fuera barro en manos de Dios). Lo más espectacular que tengo es mi vida, como la de cualquier persona de mi edad. Porque es la casa de Dios, donde Dios ha querido estar.
Los primeros pasitos en la fe los di junto a mi madre, que me enseñó a rezar y admirando a mis abuelos, que eran personas de Dios. Mi madre inculcó el hábito de dar gracias a Dios cada día de mi vida por su gran amor. Recuerdo también que los domingos mi familia me llevaba a celebrar la Eucaristía desde que era pequeño.
Siempre he ido a colegios de ideario católico. En mi primer colegio se preocuparon por educarme muy bien en la fe. Allí siempre se preocuparon por darme “Algo más” que conocimientos. Mi formación religiosa se la debo en su gran mayoría a esos doce años. Allí, aprendí a hacer oración, a hablar con el Señor, y a rezar el rosario con mis compañeros, para estar con María.
De pequeño mi vida era el colegio y la familia, no me movía mucho más que eso. Aunque bastó para que de vez en cuando me diera por pensar en ser sacerdote, sobre todo en mis dos veranos en Irlanda. Tenía catorce años, y un montón de miedo. Pero a partir de entonces no me pude ocultar de la idea del sacerdocio. Se me quedó grabada.
Entonces todo cambió, y el miedo empezó a irse. El primer contacto con mi parroquia, lo tuve durante la organización de la visita de Juan Pablo II a España en 2003. Por entonces empecé a ir a Misa todos los días, unos días en el colegio y otros en la parroquia, y descubrí el regalo que supone recibir al Señor cada día, y alabarle por ello. En la parroquia me asombró la forma que tenían de vivir mis hermanos, diferente a la que me presentaba el mundo fuera. Allí te sentías parte de una familia, porque tenías en común más de lo que podíamos ver. Esta comunión me impresionó y me enganchó. El poder darme en la parroquia fue la mecha en la que pudo prender la llamada.
Poco a poco me fui integrando en los grupos de jóvenes. Mi comienzo en la parroquia fue el coro; después, me dio por ayudar a Misa, y más tarde, pasé a llevar algún grupo: liturgia, rosario, etc. Me pasaba el día entero en la parroquia, y me sentía en casa. Entré en un grupo de catequesis para la Confirmación. Allí empecé a relacionarme con los que ahora considero mis primeros hermanos (cinco de ellos también en el camino del sacerdocio o la vida consagrada). En el verano del 2004, me apunté a la peregrinación a Santiago de Compostela organizada por la Delegación de Juventud.
Había peregrinado a Santiago varias veces. Esta vez, terminé por encontrar a Cristo en la Iglesia. El Camino fue lo que cambió mi vida, el lugar donde Dios me hizo ver con más insistencia el sendero que me tenía preparado, y lo que me quería. Conocí como era un sacerdote de parroquia, con su oración, el acompañamiento espiritual de la gente y su entrega completa al Señor en los hermanos. -¡Eso era lo mío!- Me dio un vuelco el corazón. En la figura de los sacerdotes descubrí lo que Dios me tenía preparado y que estaba buscando desde que le conocí. Ser sacerdote era la ilusión de mi vida y yo no me había dado cuenta. Es más, lo había estado rechazando.
Las consecuencias de decirlo en mi casa fueron un poco nefastas al principio. Claro, yo tenía 16 años, y soy hijo único. Pero los polos que eran opuestos se han transformado en grandes apoyos. Sé que no estaría aquí sin la oración y el apoyo de mi familia. Entonces empecé a participar de las actividades de la Delegación de pastoral vocacional, hasta que empecé el curso Introductorio.
Me cambié de colegio y aprendí a ver el mundo de otra manera. Salí de mi mundo y empecé a ver la realidad. A pesar de ser todo tan decepcionante, yo sentía que era una oportunidad para Cristo. Empecé a ver que Dios miraba el mundo con amor, y nos enviaba a los cristianos a amar. Todo, con el apoyo de mi Parroquia, me hacía ver la humanidad y la Iglesia con sus problemas, penas, soluciones y alegrías y, sobre todo, la necesidad que tenemos de cristianos dispuestos a entregar su vida para servir al Evangelio, para servir esperanza a un mundo que se cae a trozos. Y frente a toda la destrucción que veía, el Señor me seguía llamando. Y lo más increíble: no sé cómo seguía respondiendo.
Y ahora estoy aquí, en medio de ese Mundo amado por Dios, con una felicidad que no cambiaría por nada, con una fuerza que no viene de mí y me empuja a ser testigo, sin que tenga que preocuparme por nada más que ser fiel al que me llamó. Pues he comprobado, que sólo Dios basta .
Roberto González-Tapia Otero.

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